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La modernidad arquitectónica como referente de investigación del patrimonio cultural

Arq. MSc. Fabiola Velasco Pérez


Vista aérea de la Avenida Bolívar, El Silencio y las torres del Centro Simón Bolívar durante su construcción. Caracas, década 50 (FRANCISCO EDMUNDO "GORDO" PÉREZ/ ARCHIVO EL NACIONAL)

Hemos considerado que lo moderno aún está instalado dentro de la cotidianidad latinoamericana, que se arrastra como patrón colonizador adaptado desde 1492, pero el período moderno en Latinoamérica de principios y mediados del siglo XX (1910-1950), es fundamental, así como también lo fue el período de la independencia en el siglo XIX.


Durante el inicio y mediados de este siglo XX, se hacen todos los intentos de definición de lo propio, bajo los patrones del progreso, de un futuro prometedor. A la luz de hoy la modernidad es un factor hegemonizado mucho más difícil de traspasar en la noción de patrimonio cultural.


La región latinoamericana y caribeña ha tenido un transcurso histórico medianamente similar en lo que se refiere a sus procesos políticos, entre dictaduras militares y democracias representativas, pero independientemente del sistema político imperante, las ciudades han sido objeto de desarrollo y crecimiento bajo la óptica de lo que en el campo internacional, especialmente la euro-centrista, se concibe como arquitectura urbana moderna.


Los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) no podemos dejarlos de nombrar, realizados entre 1928 y 1959, bajo la orden de un grupo de arquitectos europeos liderados inicialmente por Le Corbusier, Mies Van der Rohe, Walter Gropius entre otros, antecesores de la Bauhaus, dándole la significación a lo que hoy día reflejan la mayoría de las ciudades a nivel mundial. El concepto de la arquitectura como “objeto social”, se enclava en la nueva teoría de la arquitectura moderna, que en perspectiva estética hace un pase de negación a la arquitectura académica (la reproducida bajo los patrones del clasicismo renacentista) hasta el momento dominante.


Uno de los puntos de discusión más importante del primer CIAM, fue “la relación de la arquitectura y el estado”, lo que hace que esta experiencia definida por Aguilera y Guerrero (2013), como “un laboratorio de ideas” en su momento, avanzara en el desarrollo de parámetros que aún se mantienen en práctica a sabiendas de su fracaso en muchos aspectos de la planificación. Pero es imposible no reseñar la importancia de este período por su marcada influencia e incorporación de nuevas disciplinas al tema de la ciudad, como son la sociología, la economía, la legislación urbanística, el patrimonio histórico, la restauración, el medio ambiente y fundamentalmente la ordenación del territorio. Su máxima expresión lo encontramos reflejada en la Carta de Atenas (IV CIAM 1933), que como manifiesto apuesta a la “idea de ciudad funcional”, la idea de la ciudad moderna, zonificada para suplir los usos y necesidades de una nueva sociedad, con zonas para habitar, circular, trabajar y recrear el cuerpo y el espíritu.



En Latinoamérica la modernidad de principios y mediados del siglo XX permea fácilmente como toda influencia foránea prometedora de desarrollo, en una buena parte a través de arquitectos propios y extranjeros que pusieron en práctica esta tendencia mundial y otra a través de la repercusión de la segunda guerra mundial (1939 – 1945) y todo el fenómeno migratorio que hubo de Europa a América, trayendo consigo nuevamente posturas de vida que se adaptaron en el territorio ya colonizado. Después de terminarse la guerra, para 1947, los CIAM sacan otro manifiesto que fija postura sobre la reconstrucción de las ciudades devastadas por la guerra, lo que va a repercutir también en nuestro continente en la forma de ver el pasado de la ciudad y la pérdida que viene en avanzada, de los centros fundacionales de las ciudades del continente, bajo la vista de la expansión urbana y los nuevos proyectos de planificación.


Ejemplos claros los tenemos con la planificación y construcción de ciudades como Brasilia (1956 – 1960) de Oscar Niemeyer, o proyectos puntuales como la Ciudad Universitaria de Caracas de Carlos Raúl Villanueva (1943 – 1975), pero nuestras ciudades están cargadas de innumerables edificaciones que son dignas piezas estéticas de este estilo internacional, que se caracteriza por la racionalidad en el uso de la forma, de los materiales y la función del espacio, todo asociado al manejo de nuevas tecnologías de producción industrial.



A pesar de su internacionalización, la modernidad también permitió aquí en Latinoamérica, que se manifestara en la búsqueda e incorporación de elementos significativos de la arquitectura de la colonia ya asumida como tradicional, más intensamente en los países del trópico, donde el aspecto climático abre un abanico de posibilidades de encuentro entre lo tradicional y lo moderno. No es el tema estético el que se guarda o representa, es la luz, el viento, la incidencia del sol, el color la que demarca un estilo propio internacional latinoamericano.


El caso venezolano es significativo y muy bien representado en la ciudad de Caracas, que durante la década de 1940 tiene una drástica transformación y expansión, avalada por los gobiernos y planificada sobre estos preceptos internacionales. La reurbanización del Silencio, enmarcado dentro del Plan Rotival con la apertura de la avenida Bolívar, la urbanización de las tierras periféricas rurales, para dar paso a nuevas urbanizaciones, como San Agustín del Norte y del Sur, Sabana Grande, Las Mercedes, Country Club, El Valle, Los Rosales, Prado de María; son producto de la idea de ciudad moderna, que fue creciendo hasta un punto planificada, pero también desbordada en desarrollos espontáneos que no fueron controlados por los planificadores territoriales ni por las políticas sociales del Estado.

Para 1945, la destrucción de los centros de ciudades en Venezuela, en función del crecimiento y desarrollo fue tan crítica, que historiadores y políticos preponderantes alzaron su voz en contra de la demolición de tantas edificaciones de alto valor estético-arquitectónico, lo que promovió la fundación de la Sociedad de Amigos del Arte Colonial, encabezada por el insigne Mario Briceño Iragorry, Vicente Lecuna, entre otros. Estos mismos protagonistas propulsaron la primera Ley de Defensa de Antigüedades y Obras Artísticas de la Nación, que estuvo vigente en nuestro país hasta 1993.


Las ciudades latinoamericanas son ciudades modernas, ciudades que hablan en varios idiomas de estética global, pero siempre destacándose en motivos propios que descubren su conveniente identidad local y regional, donde seguramente yace oculto elementos otros de identidad.

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